Sofía Calvo Llarandi.
El pasado mes de diciembre, durante una de las clases de atención al hipoacúsico decidimos ponernos durante un rato en el lugar en el que se encuentran las personas con problemas de audición o pérdidas auditivas.
Me puse los cascos, y a través de ellos salía un ruido blanco.
Durante esa hora pude ponerme en su piel. Me sentía un poco desubicada, ya que en el momento en que no tenía a la profesora a mi vista o a las personas que hablaban me perdía completamente y no sabía por donde seguir la clase.
Las voces graves no las entendía en absoluto, o incluso a penas las escuchaba. Sin embargo, las voces agudas si podía diferenciarlas con claridad.
Tenía que estar mirando hacia todos los lados constantemente y eso me producía un poco de saturación pues la sensación era de tener que estar a mil cosas a la vez.
Sin embargo, no todo es tan negro. He de decir que soy una persona a la que el ruido en general, y las voces altas o fuertes le molestan mucho y pues con este ruido blanco pude presenciar durante casi una hora entera como de alguna forma me relajaba.
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